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jueves, diciembre 15, 2016

El resurgir de los artesanos, que usan máquinas e Internet

La cerveza artesanal gana su espacio. Foto: Archivo

La revolución tecnológica de los últimos años ha impulsado una nueva artesanía que va más allá de manual.

Si John Ruskin levantara la cabeza, se sentiría probablemente esperanzado. El escritor inglés fue uno de los intelectuales del siglo XIX que defendió con mayor pasión la producción manual como reacción al dominio de las máquinas que emergió con la revolución industrial. Hoy, 150 años después, Ruskin podría apreciar la resurrección de un antiguo modelo de negocio: el artesanal. En las primeras décadas del siglo XXI han florecido multitud de iniciativas que han impulsado la fabricación de productos a la antigua usanza, como la cerveza, símbolo de esta transición. ¿Regreso a un idílico pasado artesano o mero disfraz mercadotécnico?

En el centro de la ciudad es fácil comprar pan de masa madre, chocolate hecho a mano, helado artesano o una caña elaborada en el propio el bar. La promesa de un producto natural, "hecho 100% con amor", engancha. La conversión de un alimento básico en una delicatesen gastronómica es una muestra de una nueva artesanía emergente, si bien es bastante minoritaria en un mercado dominado por las grandes marcas y, además, no suele estar al alcance de todos los bolsillos.

Esta tendencia dice de nuestra economía, y de la sociedad, más de lo que puede parecer. Cabría pensar que la revalorización de lo artesanal responde a una reacción anticapitalista, a una rebelión contra la producción en masa. Pero en realidad se trata de un fenómeno con características propias, vinculado a los avances tecnológicos y a una sociedad que valora las cosas que pretenden ser especiales, sostenibles y locales, y que siente cada vez una mayor desafección por las grandes marcas.

Una de las iniciativas más reseñables es la producción de cerveza artesanal en un mercado dominado por las firmas consolidadas. En España, el número de microfábricas que se dedican al lúpulo ha pasado de 21 a 361 entre 2008 y 2015, según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición.

En su fábrica de Las Rozas (Madrid), César Pascual explica cómo él y otros tres socios fundaron en 2011 Cervezas La Virgen con el afán de "crear cosas tangibles". "Nuestro objetivo es fabricar una cerveza local, con gustos de aquí, con la que el consumidor se identifique", explica. "No decimos que una cerveza industrial sea mejor o peor, pero pensamos que puede haber una alternativa para la gente que valora las cosas naturales".

Pese a lo que se podría pensar, la fábrica de La Virgen no es rudimentaria. Sus propietarios han sacado provecho de la tecnología para mejorar los procesos y reducir, por ejemplo, las mermas. Otra prueba de que el actual movimiento artesano es diferente es que no busca destruir la máquina, como ansiaban los obreros del ludismo en la Inglaterra del siglo XIX, sino colaborar con ella.

La revolución tecnológica, aunque resulte paradójico, ha hecho rentable lo que antes no lo era y ha acortado las distancias.

Los oficios artísticos han encontrado un gran espacio en la Red. Un caso paradigmático es el de Etsy, una web que demuestra que el resurgir artesano no es despreciable.

Una de las grandes barreras de los pequeños productores, la búsqueda de financiación, se puede superar gracias a otro fenómeno reciente, el crowdfunding -Camden Town Brewery, una de las mayores cervezas artesanas de Londres, recaudó 2,75 millones de libras el año pasado-, mientras los nuevos servicios de diseño asistido por ordenador e impresión 3D permiten sacar adelante determinados proyectos.

Pero si se puede recurrir a una impresora 3D, ¿qué es entonces la nueva artesanía? Va mucho más allá del trabajo manual. La definición que da la Unesco deja la puerta abierta a más de una interpretación y algunos la consideran desfasada: sus criterios apuntan a "productos hechos a mano, o con la ayuda de herramientas o hasta máquinas, siempre y cuando la contribución manual directa del artesano se mantenga como el componente sustancial del producto acabado".

Convertirse en artesano puede ser, por otra parte, beneficioso para la salud. "Hay investigaciones que respaldan que hacer cosas con las manos, tener un trabajo gratificante, disfrutar de cierta autonomía nos ayuda a ser felices. A los pacientes deprimidos se les suele recomendar la jardinería o la pintura. Es una terapia para huir de las pantallas, que producen estrés mental", afirma William Davies, sociólogo y economista de la Universidad de Londres, autor de La industria de la felicidad (Malpaso).

La artesanía ayuda a alcanzar ese estado en el que una persona está concentrada en lograr una cosa, es un estado de calma y de ausencia de tiempo en el que solo importa lo que se está haciendo en ese momento. Ese "estado de flujo" es lo más parecido a la felicidad, según el psicólogo positivista Mihaly Csikszentmihalyi, director del Centro de Investigación de Calidad de Vida de la Universidad de Claremont (California).

En su ensayo El artesano (Anagrama, 2009), el sociólogo Richard Sennett reivindica la revalorización del trabajo artesanal como respuesta al empleo deshumanizado. Para el intelectual, un carpintero es un artesano, pero también pueden serlo un músico y un técnico de laboratorio. Lo que cuenta es que les importe hacer bien su trabajo por el mero hecho de hacerlo bien. Se calcula que se requieren 10.000 horas para ser experto en algo. "Es el tiempo que los investigadores estiman necesario para que habilidades complejas se arraiguen con profundidad suficiente para utilizarlas sin esfuerzo, para convertirse en conocimiento tácito", destaca el profesor de la New York University.

© El País, SL