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domingo, septiembre 26, 2021

Alfonsín: entre las dudas, la incertidumbre y el “vamos viendo”

Cómo los presidentes enfrentan las decisiones muchas veces más apoyados en la fe que el cálculo y la probabilidad.

Ministro de economía Juan Vital Sourrouille y el presidente Raul Alfonsín en 1985

El ex ministro de Economía Juan Sourrouille, fallecido este año, contó que Raúl Alfonsín le preguntó una vez: “Dígame, Juan, ¿del 1 al 10, con cuánto se siente cómodo usted a la hora de tomar una decisión?”. El economista lo miró y se quedó callado unos segundos. Dubitativo, le respondió. “Con 8 o 9 me siento seguro”.

Me parece demasiado”, respondió enseguida el presidente. “Con un 3 a mí me alcanza”.

Hacía poco que el presidente había designado a su nuevo ministro. Sourrouille había reemplazado a Bernardo Grinspun, el economista que había elegido Alfonsín para arrancar como ministro de Economía en el primer gobierno de la vuelta de la democracia en 1983.

Los resultados no solo no llegaron con Grinspun, sino que la situación empezó a ponerse más complicada. Joaquín Morales Solá, en la edición de Clarín del domingo previo a la designación de Sourrouille, contó que Alfonsín había recibido a Cavallo en la Casa Rosada unos meses antes, por recomendación del senador radical por Córdoba, Fernando de la Rúa. Alfonsín le preguntó a Cavallo por qué no bajaba la inflación. Y el Mingo le respondió que el problema era el déficit fiscal.

“Cavallo dice que no bajó el déficit fiscal y ustedes me dicen que sí bajó, ¿cómo es esto?”, dijo Alfonsín mirando a Grinspun.

Alfonsín eligió a Sourrouille. Lo citó a una cena en Olivos. Era febrero de 1985.

Durante la comida, milanesas, ensalada mixta y un sifón, el economista expuso un cuadro de situación con cada uno de los puntos que él creía más importantes y hacía un comentario. Peronismo, elecciones legislativas de 1985, gasto público, Banco Central. Sourrouille cerró diciendo: —Señor Presidente, no veo garantías para el éxito.

—Tampoco yo —respondió Alfonsín—. Pero peleemos y vamos viendo.

Si hay un mantra que se aplica a la conducción de la política económica es el de “no sabemos pero intentémoslo”.

No pasó mucho tiempo hasta que el equipo económico de Alfonsín se encontró con una oportunidad delante de sus narices. Alfonsín viajaría a Washington a entrevistarse con Ronald Reagan.

La Argentina tenía una historia para contarle al mundo por aquel entonces. Había solamente treinta y cuatro países con democracia y Alfonsín era un actor reconocido por haber contribuido a engrosar esa lista. Tal era la relevancia de la figura del presidente argentino que, por iniciativa del Congreso de Estados Unidos y el respaldo de la Casa Blanca, había sido invitado a dirigirse al Parlamento de Estados Unidos, en el que habían hablado veintiocho presidentes en veinticuatro años.

Todo eso pasó y hasta hubo una reunión en el Salón Oval. De un lado estaban Alfonsín, Caputo y Sourrouille. Del otro, Reagan junto al secretario del Tesoro, James Baker; el asistente del Tesoro, David Mulford; el jefe de Asesores, Donald Regan, y el secretario de Estado, George Schultz.

“Ahora les hablará de economía Juan”, dijo Alfonsín. Sourrouille expuso los ejes de un trabajo que había llevado a cabo durante su paso por la Secretaría de Planificación. Se llamaba “Lineamientos de una estrategia de crecimiento económico 1985-1989”.

Entre 1983 y 1984, un grupo de economistas pensó la Argentina hacia adelante. Creían que una de las principales conclusiones era que un tipo de cambio alto alentaría el crecimiento y el empleo. Pero como cuenta Juan Carlos Torre en su libro reciente Diario de una temporada en el quinto piso, antes debían asegurarse financiamiento para poner en marcha una estabilización. Pero eso vendría más adelante y sería lo que se llamaría Plan Austral (escenas de futuras columnas en este espacio).

En Buenos Aires, y tras una cena en Olivos, donde acudieron varios miembros del Gabinete, Sourrouille se acercó a Alfonsín y le dijo: “Tenemos algún indicio para llevar a cabo algo”.

Alfonsín, que se podía jugar con un 3 o un 4, miró a su economista: —¿Usted tiene un indicio? —le repreguntó.

—Sí.

—Si usted dice que tiene un indicio, entonces me quedo tranquilo. Vaya a seguir trabajando.

Alfonsín se fue a dormir.

Torre recuerda una frase del entonces presidente el día que sus economistas le presentaron el programa. “A los economistas les hace falta el 75% de seguridad para actuar, a los políticos nos sobra con el 25% restante. Yo tengo fe que esto va a andar bien y vamos a salir adelante”. Los economistas se mueven en un mundo de cálculos y certezas. Los políticos sólo en la acción.

Ezequiel Burgo

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