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domingo, julio 15, 2018

La rebelión de los adultos


Fuente: LA NACION

Hace cincuenta años, los jóvenes se rebelaban contra el conservadurismo autoritario de sus padres y sus profesores. Fue el Mayo Francés. Hoy, quizá la verdadera rebelión deba ser en el sentido inverso. Quizás haga falta que los adultos tomen su lugar y se animen a enfrentar la prepotencia muchachista. En las mismas calles de París, un presidente de 40 años, que no había nacido en mayo del 68, acaba de marcar el rumbo. Retó a un joven estudiante que intentó desafiar los buenos modales y el respeto a las instituciones. Pero más allá de la anécdota pintoresca, dio un ejemplo a los maestros, a los padres y a los adultos en general. Y no solo a los franceses. En las escuelas y las familias argentinas sería muy útil tomar nota de este "junio francés".

En una época marcada por los límites difusos, por las autoridades y las normas desdibujadas, por los "escraches", las tomas de colegios y el desafío permanente a los docentes y las instituciones, Emmanuel Macron (un presidente nacido del progresismo y que no proviene de estructuras rancias ni de la derecha conservadora) ha dado una clase espontánea que debería ser de "lectura" obligatoria en las instituciones (no solo escolares) de nuestro país.

Quienes todavía no lo hayan visto pueden encontrar el video en esa formidable biblioteca moderna que es YouTube. Dura apenas un minuto y treinta segundos, pero encierra un mensaje que vale la pena destacar. El presidente saluda a cientos de jóvenes durante una celebración, cuando uno de ellos se pasa de vivo: "¿Que hacés, Manu?", le dice a Macron. Y canturrea alguna estrofa de "La Internacional". "No te confundas", lo corta el presidente. "Estás en una ceremonia oficial, así que te comportás como debe ser. Te podés hacer el imbécil, pero hoy hay que cantar "La Marsellesa" y el "Canto de los partisanos" [himno de la Resistencia francesa durante la ocupación alemana]. A mí me llamás 'señor presidente de la república' o 'señor', ¿dale?". El joven se ubica: "Sí, señor presidente", le dice. Y Macron va más allá: "Muy bien. Y hacé las cosas en orden. El día que quieras hacer la revolución, aprendé primero a tener un diploma y a alimentarte por vos mismo, ¿de acuerdo? Entonces ya podrás ir a dar lecciones a los demás". A cincuenta años del Mayo Francés, Macron se rebela contra la demagogia, se atreve a pagar el costo de la antipatía, se resiste al muchachismo y al "vale todo'' y, con dos párrafos espontáneos, pone las cosas en su lugar. Puede sonar exagerado, pero mirado en perspectiva ofrece al mundo un modelo que podría bautizarse el "junio francés".

Las escuelas argentinas están huérfanas de liderazgos. Se ha confundido autoridad con autoritarismo; las reglas las improvisan los alumnos, y una creciente impotencia atraviesa la actitud de los docentes. Se toman escuelas por cualquier cosa (desde el aborto hasta la falta de calefacción); se "escracha" a los profesores por las redes sociales, y se desafía a los directivos como si fueran "monigotes". Esta suerte de "despotismo muchachista" impregna la cultura de estos tiempos y trasciende, por supuesto, las fronteras de las escuelas. En el propio seno familiar se advierten estas confusiones, que muchas veces generan desconcierto y alteran las normas.

Macron se anima a hablar, frente a los jóvenes franceses, de cosas básicas: de respeto, de orden, de jerarquías, de mérito, de instituciones y de reglas. Acentúa, también, el significado y el valor de las formas. Lo hace sin ser ampuloso. Reacciona como un líder. No especula con los costos ni las conveniencias políticas. Habla con franqueza y convicción, quizá con alguna palabra de más. Pero no lo hace "en el aire", sino en el momento justo, ante la avivada y la inconducta de un joven de carne y hueso que quizás haya aprendido, de parte del presidente, la lección más importante de su vida.

En las escuelas argentinas, valdría la pena poner "play" y mirar con atención el video subtitulado de Macron. También puede ser un valioso ejercicio en las familias con hijos adolescentes. A cincuenta años de "prohibido prohibir", la revolución quizá pase por un eslogan menos épico y convocante, pero más razonable y sensato: "Prohibido hacer cualquier cosa". Y los protagonistas de la revuelta deberían ser los líderes de la sociedad. No solo los políticos, sino fundamentalmente los maestros y los padres.

Luciano Román. Periodista y abogado, director de la carrera de Periodismo de la Universidad Católica de La Plata (Ucalp)

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