Los incesantes avances en IT, en
nanotecnología, en materiales científicos y en biología están aumentando en
forma exponencial la productividad de los recursos. Por lo tanto, estamos
frente a una nueva revolución industrial que además de permitir crecimiento
económico importante, lo hará con menor costo ambiental que en el pasado. Es
otra versión del capitalismo.
Nadie lo discute ya; el crecimiento
económico y la protección del ambiente pueden y deben ir de la mano. Pero no se
trata solamente del cuidado del ambiente y el uso eficiente de los recursos. El
debate intenso del momento es si además las empresas deben cambiar el modelo de
negocios para lograr crecimiento global con desarrollo sustentable, sostenible
en el tiempo.
Sobre todo esto trata esta versión del informe anual que Mercado publica en
cada mes de julio, donde se analizan los términos de la discusión teórica y de
los experimentos reales, y donde se pasa revista a las palabras y los hechos
producidos por los actores empresariales más relevantes en este campo en
nuestro país.
Hay cinco grandes fuerzas transformadoras: los avances tecnológicos, los
cambios demográficos, el proceso acelerado de urbanización, la escasez de
recursos y los cambios climáticos. Por lo tanto, además de crecimiento
económico debe haber un crecimiento inclusivo, responsable y sostenible.
También hay un cambio relevante en las convicciones de los empresarios. Hace
una década, la inquietud era conseguir una póliza de seguro contra los riesgos
ambientales que podían dañar la reputación de una firma. Hoy campean otras
ideas: no solamente prevenir daños y asumir responsabilidades; también ingresar
en otras áreas de actividad económica que prometen buenas ventas y mejores
ganancias a quienes se dediquen a producir bienes y servicios “verdes”. Ha
comenzado una nueva era de transparencia para las empresas que se decidan a ser
“ciudadanos globales”.
Con sus más y sus menos, en todo el mundo los agentes económicos ponen foco en
el crecimiento. No es solamente una mejoría circunstancial o un afán de
revancha de todos los que sobrevivieron a la tremenda recesión global de
2008/9. Ahora hay fuerzas externas de enorme importancia que están
transformando el mundo de los negocios y la sociedad global.
Las consecuencias y efectos de estas fuerzas se aprecian por doquier. El nuevo
poder de compra de los países emergentes es una novedad singular, pero lo mismo
los efectos colaterales como el desempleo agudo, inquietud social y escasez de
recursos.
El impacto de estas fuerzas transforma de modo radical las expectativas y las
conductas de las empresas. Ética y reputación se convierten en conceptos
vitales en cada mercado y en cada relación comercial. Por lo tanto, además de
crecimiento económico debe haber un crecimiento inclusivo, responsable y
sostenible.
En la manera de concebir la actividad industrial y las tareas productivas se
está experimentando un cambio revolucionario. Las patentes para productos
renovables, autos híbridos, luz y edificios que ahorran energía, células
combustibles bioquímicas y plásticos verdes se multiplicaron a una velocidad
dos o tres veces superior a la de las patentes en general.
Todo el proceso industrial en gran escala está entrando en una nueva era de
capacidad que no se caracteriza por la mejora de procesos conocidos sino por
una serie de nuevos sistemas de producción alimentados por software que son
cualitativamente diferentes de los anteriores. Los cambios van a aumentar
productividad, eficiencia en innovación, velocidad al mercado y flexibilidad,
que a su vez conducirán a un ciclo más poderoso de crecimiento y creación de
valor.
La nueva agenda. En esta tarea permanente de repensar y reconceptualizar el capitalismo y
el modelo de crecimiento económico sustentable, han aparecido dilemas, interrogantes
y cuestiones que alimentan la agenda de debate permanente en el ámbito
empresarial. He aquí un listado de esos temas:
• Hay analistas que
sostienen que mientras el capitalismo se aleja cada día más de la época en que
se hacían cosas que dañaban la naturaleza, el mantenimiento del medio ambiente
va adquiriendo la misma importancia que la producción. Se vislumbra una nueva
economía donde el concepto de crecimiento se despegue de las limitaciones de
recursos.
• Los incesantes
avances en IT, en nanotecnología, en materiales científicos y en biología,
están aumentando en forma exponencial la productividad de los recursos. Por lo
tanto estamos, frente a una nueva revolución industrial que además de permitir
crecimiento económico importante, lo hará con menor costo ambiental que en el
pasado.
• Es evidente que
en el ámbito de los negocios se están desarrollando nuevos modelos
organizacionales que aumentan los incentivos para modelos de producción más
eficientes. Empresas de servicios energéticos, químicos, de diseño, de
construcción, de finanzas, todas de modo diferente, se están responsabilizando
del ciclo de vida de sus servicios, con el incentivo fuerte de recortar los
insumos requeridos para cada unidad de producción.
• Hace diez años,
la idea dominante era que si bien las inquietudes ambientales eran serios
desafíos, lo importante era defender la reputación de la empresa. Hoy se
vislumbra que ser verde puede ser un gran negocio. ¿Qué puede pasar en otros
diez años? Hay quienes creen tener la respuesta: la conducta de las empresas y
la forma en que producen será transparente y los consumidores las
recompensarán.
• Hay consenso en
que cinco tendencias globales: cambios tecnológicos, cambios demográficos,
modificaciones en la economía global, urbanización, y escasez de recursos con
cambio climático. Se dice que estas tendencias modifican radicalmente la
expectativa que tiene la sociedad sobre el mundo de los negocios. La confianza
en las empresas dependerá de que ellas estén en sintonía con estas expectativas.
• Hay chivos
expiatorios en el campo de la sustentabilidad. Un blanco favorito del
fundamentalismo ecológico son las empresas mineras. La cuestión de fondo no es
si una actividad económica –esa o cualquiera otra– es necesaria. El
interrogante central es si actúa de modo positivo para todo su entorno.
• Una política
sustentable, responsable socialmente, es adoptada cada vez más por un número
importante de empresas. Pero todavía quedan muchas que denominan a este
territorio como un simple “centro de costos”. Los que los contradicen sostienen
que es una oportunidad para el mundo de los negocios y para todo el mundo.
• Muchas empresas
que están abriendo caminos en materia de crecimiento sustentable y economía
verde, son las mismas que en el pasado registraron graves incidentes en esta
materia.
• Una política
sustentable, responsable socialmente es adoptada cada vez más por un número
importante de empresas. Pero todavía quedan muchas que denominan a este
territorio como un simple “centro de costos”. Los que los contradicen sostienen
que es una oportunidad para el mundo de los negocios y para todo el mundo.
• El debate intenso
del momento es si además del cuidado del ambiente y el uso eficiente de los
recursos, las empresas deben cambiar el modelo de negocios para lograr
crecimiento global con desarrollo sustentable, sostenible en el tiempo. En
suma, un cambio de paradigma.
• ¿Por qué razones
las empresas invierten en sustentabilidad y en RSE? ¿Para resguardar su imagen
y reputación; para captar talento al reclutar empleados; para posicionar mejor
la marca entre consumidores (e incluso inversores); para diferenciarse de los
competidores; o simplemente porque creen que es hacer lo correcto?
• Hace una década,
la inquietud era conseguir una póliza de seguro contra los riesgos ambientales
que podían dañar la reputación de una firma. Hoy campean otras ideas: ingresar
en otras áreas de actividad económica que prometen buenas ventas y mejores
ganancias a quienes se dediquen a producir bienes y servicios “verdes”. Ha
comenzado una nueva era de transparencia.
La respuesta de
este momento. Todos los nuevos aportes en materia de crecimiento sustentable son la
respuesta que da el capitalismo a la creciente demanda social verde gracias a
una visión distinta de la acumulación y de la renta del capital que le provee
el avance tecnológico, y que el modelo de desarrollo sustentable va en camino
de convertirse en una ciencia que combine la economía, el medio ambiente, la
política y la cultura.
Los líderes políticos acordaron el año pasado poner al desarrollo sustentable
en el centro de la agenda de desarrollo mundial para después de 2015, cuando
los países se comprometerán a adoptar las metas que faltaban, ya incorporadas
las relativas a pobreza y enfermedades acordadas en el 2000, para el desarrollo
sustentable del milenio: energía, alimentos, agua, el clima y el empleo.
El hoy está signado por las demandas sociales de conservación ambiental, que se
van traduciendo en políticas públicas corriendo atrás de los conflictos, y las
acciones de las RSE, que abren el paraguas desde un punto de partida más
parecido al de las fundaciones mientras decodifican el rumbo de la reconversión
industrial que impulsan las tecnologías.
En el seno de las sociedades, las urgencias aparecen con reacciones a los
riesgos visibles de depredación, y ahora con la toma de conciencia sobre la
puja de los residuos.
El ambientalismo entró de lleno en la agenda política aunque todavía no tenga
un correlato electoral directo.
América latina, como continente proveedor de recursos naturales, está más
atrasado en las demandas porque la población tiene otros problemas (de pobreza)
ligados a una mayor concentración urbana que en la de los países desarrollados.
Y la Argentina, enredada en la macroeconomía y en la etapa presidencial “del
pato rengo”, no pasa de los temas prosaicos de las agendas municipales, entre
los que la gestión de residuos urbanos sólidos y las disputas entre
jurisdicciones por los basureros (caso CEAMSE) copan la parada.
Ergo: en el primer mundo, sustentabilidad coopta RSE, mientras en la Argentina
RSE tiene, por inercia, continuidad temática a la espera de que sustentabilidad
emerja de la transición tal vez con el nuevo Gobierno. Coincidencia con la
agenda mundial: para 2015.
Lo que la sociedad espera de las
empresas
El debate sobre la confianza perdida. Luego del sacudón de la gran
crisis financiera de 2008-2009 los líderes de empresas van nuevamente detrás
del crecimiento. Pero esta vez debe ser “buen crecimiento”, o sea, armonizado
con la ética empresarial y la sustentabilidad.
Hay cinco
tendencias globales que están redefiniendo el mundo en que vivimos y
trabajamos: avances tecnológicos, cambios demográficos, cambios económicos
globales, urbanización y escasez de recursos y cambio climático.
El impacto de estas tendencias está cambiando radicalmente las expectativas que
la sociedad tiene de las empresas. Si las empresas se comportan de acuerdo con
esas expectativas generan confianza. La confianza es fundamental porque es la
base de toda relación humana, de toda transacción y de todo mercado. La
capacidad de inspirar confianza es la base de la licencia para operar de un
negocio en cualquier región o actividad.
Para generar esa confianza, los CEO no solo están interesados en el crecimiento
de sus empresas. Quieren lograr “buen crecimiento”: real, inclusivo,
responsable y duradero. Y quieren, además, que sus compañías contribuyan al
buen crecimiento en todos los países donde operan.
La encuesta global de directores ejecutivos que realiza anualmente PwC revela
que una de las formas en que las empresas pueden generar confianza es
abocándose a conductas que reflejan un propósito centrado en la sociedad. Los
resultados del estudio, publicados en enero de 2014, presentan la visión de más
de 1.300 directores ejecutivos en 68 países y una cantidad de sectores
diferentes. El cuestionario pidió a los líderes que compartan sus opiniones
sobre la economía global, sus opiniones de las tendencias que están
reformulando los negocios y sus planes para sus compañías.
En términos generales puede decirse que la encuesta revela el deseo de generar
confianza a través del “buen crecimiento”.
Los problemas que tienen las empresas con la confianza se arrastran desde hace
varias décadas. Las fallas en la conducta que se vienen observando desde los
años 80 dañaron la manera en que la gente percibe a las organizaciones
comerciales. Una serie de líderes empresariales viene trabajando desde hace
tiempo para superar la falta de confianza.
En un nivel, sus esfuerzos parecen estar dando frutos. La encuesta descubrió
que son más los directores ejecutivos que creen que los niveles de confianza
mejoraron en los últimos cinco años, al menos dentro de sus propios sectores,
que los que creen que se han deteriorado. Esta percepción se corrobora con la
opinión pública. El Barómetro de la Confianza Edelman 2014, una encuesta del
público general en 27 países conducida por la firma de relaciones públicas,
también muestra un sostenido aumento en la confianza. 58% de los respondentes
expresó su confianza en las empresas, comparado con 50% en 2009.
A pesar de esta mejora la falta de confianza en la empresa sigue siendo una
gran preocupación para los CEO. La mitad de los respondentes de PwC la
identificó como un peligro para sus perspectivas de crecimiento. Este número es
mucho mayor que 37% de la encuesta 2013.
¿Cómo se puede, entonces, construir confianza? Los resultados del estudio
sugieren que muchos directores ejecutivos identifican tres prioridades
estratégicas. Primero, jerarquizar el rol de las conductas “correctas” por
parte de la compañía, crear valor para una amplia gama de stakeholders y medir
el impacto de esas conductas en el mundo que los rodea. Segundo, desarrollar y
articular un propósito corporativo que tome en consideración el aporte total a
la sociedad. Finalmente, colaborar con los Gobiernos para impulsar crecimiento
que beneficie a los ciudadanos.
Confianza desde
adentro. Tanto la dirección ejecutiva como los directorios suelen pensar en la
confianza como algo que se crea a través del valor de largo plazo. Cierto, las
compañías pueden aprovechar un círculo virtuoso mediante el cual aumentando la
confianza consiguen mercados más grandes y más creación de valor económico, que
a su vez genera más confianza y así siguiendo. Ese ciclo comienza solo cuando
la empresa es confiable. El énfasis, por lo tanto, debe ponerse en los valores
más que en el valor. La ruta hacia la confianza está en ver la creación de
valor no como una actividad en sí misma sino en un resultado de conductas que
auténticamente reflejan los valores centrales de una compañía.
Conseguir la confianza de la sociedad también requiere entender qué significa
valor para una cantidad mayor de stakeholders de lo que muchas empresas están
acostumbradas: no solo accionistas sino también clientes, empleados, miembros
de la comunidad local, funcionarios del Gobierno y demás. Cada uno de esos
grupos espera mucho de las empresas y sus expectativas cambian
constantemente.
Una manera de lograr esto es haciendo un perfil de la confianza. Esta es una
forma de evaluar cuán confiable es la organización desde el punto de vista de
cada grupo. Una empresa puede determinar su propio perfil único de confianza,
tomando en consideración su propósito, su visión, su misión y sus valores.
Los CEO ya no están dispuestos a delegar sus esfuerzos de Responsabilidad
Social Empresaria en un silo especialmente dedicado; prefieren incluir
prácticas responsables en el corazón de su estrategia. Esto implica medir el
impacto total de una compañía en las dimensiones económica, fiscal, ambiental y
social. En lo que se refiere a prácticas sostenibles, nunca es clara la opción
entre acciones buenas y malas; por eso la medición del impacto total permite a
los líderes sopesar las consecuencias de decisiones empresarias para todos los
grupos de stakeholders y analizar más sólidamente los pros y los contras.
Propósito centrado
en lo social. Uno de los pilares centrales para construir confianza es un propósito
empresarial que esté definido por un compromiso genuino con el bien social. Tal
propósito es altamente compatible con el crecimiento rentable. Ayuda a que la
empresa se distinga, le otorga una licencia para operar y la ayuda a retener
clientes. Un propósito social trasciende las ganancias como meta final de la
actividad de la empresa. La “buena” empresa no debe concebirse solo como un
camino para aumentar el valor para el accionista sino como un bien
intrínseco.
Cuando una cultura se construye sobre una estructura ética de principios,
convicciones y normas más que reglas, puede lograr el tono adecuado no solo
desde arriba sino también desde el medio y desde abajo. Los empleados tienen la
posibilidad de tomar decisiones sobre qué se pierde y qué se gana en los
momentos críticos.
Esta identidad central es estable porque está apoyada en lo que la compañía
hace todos los días. Pero también es lo suficientemente flexible como para
adaptarse a cambios en los valores sociales. Para permitir esta flexibilidad,
las organizaciones deben ser capaces de planificar no solo para el corto plazo
sino para el mediano y largo plazo, tomando en cuenta las tendencias globales
que moldean el mundo. Esto es difícil, especialmente para las que cotizan en
bolsa que tienen la presión de los informes trimestrales.
Colaborar con el
Gobierno. Un tercer pilar para la creación de la confianza es la íntima
colaboración entre empresas y gobiernos, además de universidades, ONG y público
en general, para lograr los mejores resultados nacionales. Eso no significa
reemplazar al Gobierno; los CEO creen que el gobierno es importante para
brindar un entorno con certezas y estabilidad que fomenten la inversión
empresarial y la creación de empleo. Los interrogados en la encuesta (53%)
creen que el Gobierno debería jugar un papel importante en: 1) asegurar la
estabilidad financiera y el acceso al capital; 2) mejorar la infraestructura
del país, como el acceso al transporte y banda ancha (50%); y 3) crear un
sistema impositivo internacionalmente competitivo y eficiente (50%).
Los líderes que sigan esta agenda crearán organizaciones confiables que gocen
de beneficios enormes. Sus empresas crecerán con contacto directo con la
sociedad, ahora y en el futuro. La mayor resiliencia organizacional y el mejor
desempeño generarán empleados con alto nivel de compromiso, clientes leales y
mejores relaciones con socios comerciales y reguladores. Superar el
escepticismo de los stakeholders no solo mejorará el ánimo de los inversores
sino que además creará oportunidades para llevar el debate de la confianza a
todos los ámbitos de la sociedad.
Poder para el
cambio positivo
Conectar el centro
del negocio con la sociedad. Mencionar una gran empresa hoy es
invitar a la polémica. Luego de años de asistir a escándalos de grandes
proporciones donde la codicia y la ambición no conocieron límites, la gente se
indigna ante la idea de que las empresas puedan contribuir al bien común. Un
nuevo libro sugiere que las crisis las han cambiado. A veces parece que
el mundo existe solamente para enriquecer a una pequeña élite. Mientras el mundo
tiene ante sí enormes desafíos, las empresas parecen interesadas solo en hacer
ganancias y pagar bonos. Las grandes empresas son máquinas poderosas con poder
para causar enormes daños a la sociedad y al ambiente, pero con sus recursos y
su experiencia también pueden ser poderosas máquinas de cambio positivo. En lugar de resistir ese poder, la sociedad haría bien en aprovecharlo. Esta es la tesis del libro escrito por Lucy Parker y Jon Miller cuyo
título original es Everybody’s Business: The Unlikely Story of How Big Business
can Fix the World”.
Derrames de petróleo, fábricas clandestinas, fraude empresarial y
evasión impositiva. Todas estas cosas y muchas más han ido deteriorando la
imagen de la gran empresa en la opinión pública. El mundo las ve como pérfidas
mega-corporaciones sin cara humana que actúan con métodos que dañan la
economía, la sociedad y el ambiente por su falta de responsabilidad, de control
y por su concentración exclusiva en los resultados de corto plazo.
El libro se propone superar ese relato simplista de bien versus mal y preguntar
si no deberíamos buscar formas de aprovechar el poder de las grandes empresas
en lugar de pelear contra ellas. ¿Ellas son parte del problema o podrían usar
sus recursos, su experiencia y poder para ser parte de la solución? Tomándole
el pulso a la actividad de las grandes corporaciones desde los corredores del
poder hasta las capitales del comercio, Miller y Parker exploran una muestra de
grandes empresas en telecomunicaciones, manufactura, minería, tecnología,
productos farmacéuticos, ropa e ingeniería para ver cómo la compañía puede
agregar valor al mundo que la rodea haciendo eso que mejor sabe hacer:
negocios.
En una entrevista con Witold Henisz, profesor de la escuela de negocios de
Wharton, los autores explican por qué algunas de las mismas compañías que
fueran señaladas por malas prácticas se han puesto a la cabeza de un movimiento
en el que” hacer el bien” está en el centro y no en la periferia de sus
negocios.
Oportunidad que no
hay que perder. John Miller comenzó diciendo que la clave del libro está en la segunda
parte del título, que dice así: “la improbable historia de cómo la gran empresa
puede arreglar el mundo”. La sospecha y la hostilidad hacia las corporaciones
están muy afianzadas y es fácil entender por qué. Esas compañías tienen una
larga historia de crímenes y estafas que está muy bien documentada. Todos la
conocen. Y está muy bien que la gente las haga responsables. Pero... las
grandes empresas pueden ser también usinas muy poderosas de cambio social. Y si
no las aprovecha el mundo se pierde una gran oportunidad. Si lo único que se
dice es que son los chicos malos perdemos la oportunidad de aprovechar ese
poder y dirigirlo hacia un cambio positivo.
Lucy Parker cuenta que mucha gente les recriminó por haber incluido la minería
en un libro sobre grandes empresas haciendo el bien. “Prácticamente todo lo que
nos rodea, dijo, depende de la minería. Entonces el tema no es si necesitamos
esa industria o no. El tema es cómo puede la industria actuar de modo positivo
para el mundo que la rodea. Esa es la pregunta que hicimos en cada uno de los
sectores que estudiamos”.
Para Miller y Parker, la gran empresa no está separada de la sociedad sino que
forma parte indisoluble de ella y muchas de las historias que cuentan revelan
ejemplos de colaboración entre directivos y ONG. “Es fácil pensar en esas
grandes compañías como entidades monolíticas sin rostro humano, pero en
realidad son simples colecciones de personas y relaciones. Allí es donde se
producen los cambios, donde está la energía”, dice Miller.
Y continúa: “Lo que buscamos en este libro es un grupo de empresas que lideran
un movimiento que busca una nueva manera de relacionarse con la sociedad y con
el mundo para crear un conjunto lo más grande posible de resultados
positivos.
Parker agrega: “Lo que es particularmente nuevo es el diálogo sobre cómo la
empresa lleva esta forma de interactuar con el mundo al centro de sus
actividades, cómo reconectar el corazón del negocio con la sociedad ampliada.
Hay un nuevo paradigma que está surgiendo porque el valor de corto plazo para
el accionista está seriamente cuestionado. Antes era natural decir que el
propósito de una compañía es entregar valor al accionista. Ahora ya no se
escucha eso porque la gente está comenzando a darse cuenta de que hay que crear
valor para todos los stakeholders. Hay una nueva norma que se está creando y
que es la de entender el largo plazo.
“¿Por qué –pregunta Henisz– se conoce tan poco de las historias que cuentan en
el libro? ¿Será porque no fueron bien contadas?”
“Hasta cierto punto”, contesta Miller, “es una nueva historia. No hay duda de
que las empresas tienen una larga historia de interacción con las comunidades y
que hay muchos ejemplos de acciones desinteresadas a lo largo de los años. Lo
que estamos buscando con este libro es un grupo de empresas con un nivel de
actividad nuevo en su relación con la comunidad para crear la mayor cantidad
posible de resultados positivos. Y eso es una historia nueva”.
Y Parker completa: “Una de las objeciones que podrían hacer los escépticos
sería, ‘sí, ya sé que las empresas hacen algunas cosas buenas, pero
generalmente esas cosas están al margen, son periféricas’. El elemento que es
especialmente nuevo es el diálogo sobre cómo hace la empresa para llevar esa
interacción con el mundo al centro mismo de sus actividades. Cómo reconectamos
el centro del negocio con la sociedad”.
Big data para
controlar el uso de los recursos. Fred Krupp, presidente del Fondo de
Defensa Ambiental (EDF) desde hace 29 años, vaticina que la utilización de big
data y tecnología de sensores podría mejorar el medio ambiente y los resultados
financieros de las empresas.
La revolución que implica el análisis a fondo de información cruzada será muy
importante para el uso eficiente de los recursos porque permite a las empresas
saber lo que está pasando con sus insumos. Cualquiera que opere una flota de
autos o camiones puede vigilar y optimizar la eficiencia del combustible.
En las granjas de Estados Unidos ya es posible monitorear cuánto fertilizante
se pierde solo por el arrastre del agua de lluvia. Esto permite optimizar los
rendimientos de los cultivos, algo sumamente importante para agricultores y consumidores,
dice Krupp.
El Instituto Mundial de Recursos tiene una página web que controla la
deforestación usando millones de bits de información que son generados minuto a
minuto por los satélites que giran alrededor de la tierra. Esto será muy
importante para asegurar que los bosques no desaparezcan. A medida que se hace
posible que los ciudadanos, tanto individualmente como en grupos, usen
tecnología para monitorear la polución del aire en tiempo real, la
transparencia en los datos logrará bajar los niveles de polución.
Porque, explica Krupp, lo que se puede medir se puede manejar. Un área donde se
puede comprobar esto es la del gas natural. El sistema actual permite que el
gas natural se escape hacia la atmósfera y la industria no tiene actualmente
una buena manera de medir cuánto metano se escapa. El metano es un potente gas
de invernadero, o sea, con gran capacidad de calentar la atmósfera. Con
utilización de técnicas de big data se puede exigir a las empresas que detecten
las filtraciones en forma regular y realicen programas de reparación. De esa
forma mantendrán el gas dentro de las tuberías, lo usarán con más eficiencia y
dejarán de crear una gran fuente de calentamiento global.
Débil confianza en los mercados
Defender un capitalismo responsable e inclusivo. El capitalismo
clientelista, donde las grandes empresas y el gran Gobierno conspiran para su
propio beneficio en contra de la gente común, no es el tipo de sistema que se
puede defender, opina Lady Lynn Forester De Rothschild, CEO del grupo E.L.
Rothschilds, y quien ejerce la copresidencia de la Iniciativa Henry Jackson
para el Capitalismo Inclusivo. “Creo firmemente en
el libre comercio”, dijo Lady Rothschild al ser entrevistada en un programa de
la CNN. “Un sistema económico que se concentre en los consumidores y no en los
productores saca a más gente de la pobreza y crea más riqueza. Esa fue la tesis
fundamental de Adam Smith en La riqueza de las naciones: si se saca el poder a
los productores para crear más emprendedores habrá más y mejor riqueza para
todos. Pero el capitalismo clientelista, donde las grandes empresas y el gran
gobierno conspiran para su propio beneficio en contra de la gente común, no es
el tipo de capitalismo que podemos defender. Sí, en cambio, podemos defender
uno que tenga la motivación de obtener ganancias pero que también vea su
responsabilidad en términos de la sociedad en su conjunto, no solo por un
imperativo moral sino por su propia sustentabilidad. Porque en definitiva, si
el hombre y la mujer del común no creen en el sistema lo van a voltear. Por eso
no es posible que los capitalistas vivan en un barrio cerrado con grandes
casas. Eso está bien si ha sido ganado con honestidad en una cancha pareja para
todos donde cada uno tiene una oportunidad de llegar a la cima. Eso es lo que
quiero decir por capitalismo inclusivo”.
Desilusión. La fe en las
instituciones del mercado nunca estuvo más abajo. Y se entiende, porque los
mercados fomentan una focalización casi maníaca en los resultados financieros
de corto plazo, toleran la desigualdad de oportunidades y no parecen
preocuparse demasiado por el bien común. Si no se controlan estas tendencias,
no se puede esperar que el público tenga fe en el capitalismo.
Las encuestas muestran una correlación entre confianza pública en el sistema y
el crecimiento del ingreso. Según datos oficiales, en los años 90 el ingreso de
una familia de clase media en Estados Unidos creció 14% en términos reales. En
la misma década, las encuestas de opinión muestran que la proporción de gente
que creía que Estados Unidos avanzaba en la dirección correcta saltó de 28% a
51%. Pero entre 2000 y 2012, el ingreso promedio de ese grupo cayó más de 8%.
No sorprende entonces, que el número de los que creían que sus hijos iban a
estar económicamente mejor que ellos, cayera de 71% en 2000 a 15% en 2013.
Desilusionados con el mercado, los votantes exigen cada vez con más fuerza a
los políticos que controlen las finanzas y las empresas.
Si bien no corresponde que las empresas solucionen los problemas de la sociedad,
es malo que se las perciba como parte del problema. Para revertir esta creencia
es preciso solucionar su incapacidad para propender al bien común.
Esta es una tarea ardua que exige liderazgo y cooperación entre empresas, obras
filantrópicas de individuos y Gobiernos. Significa que las inversiones deben
medirse no solo por los retornos de corto plazo sino por el desarrollo de
capital humano, la administración del potencial de innovación, por cadenas de
suministro sustentables y medibles, por la remuneración alineada con verdadera
creación de valor y por el aporte total de la empresa a la sociedad.
Miles de empresas en casi todos los países comienzan a optar por este camino.
Unilever, por ejemplo, hace cinco años abandonó los informes trimestrales de
ganancias, anunció públicamente su estrategia de largo plazo, sus planes para
expandir su base de productos de consumo masivo y reducir su huella ambiental.
El grupo industrial Tata hace tiempo que prioriza su responsabilidad para las
comunidades en India, donde invierte en escuelas, hospitales e instituciones de
investigación. En Estados Unidos, empresas como Costco y Container Store pagan
a los trabajadores mucho más que el salario mínimo legal.
Todo esto tiene, de un modo u otro, retornos financieros. Mejores salarios
reducen la rotación del personal, las cadenas sustentables de aprovisionamiento
pueden reducir costos en el largo plazo y las firmas responsables para con la
comunidad son cada vez más atractivas para los trabajadores calificados. Pero
el aporte más importante es el de reforzar la idea de que se puede confiar en
el capitalismo como motor de progreso y fuente de optimismo.
Sin embargo, no se debería esperar que los CEO carguen con la responsabilidad
de hacer más inclusivo el capitalismo. La conducta empresarial no cambiará sin
que una masa crítica de inversores y clientes les exija pensamiento de largo
plazo y altos estándares éticos.