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domingo, octubre 10, 2021

Chamanes, startups y negocios millonarios: así es la nueva economía de los psicodélicos

El gasto global en salud mental se acercará a los US$15 billones en 2030 y será la principal causa de incapacidad laboral, según el WEF

Los poderes de expansión de la mente y mejora del bienestar a partir de hongos se conocen –según algunos historiadores del tema– desde hace decenas de miles de años.

¿Qué planes se pueden hacer el viernes a la tardecita, cuando termina la semana laboral, para relajar un poco? ¿Salir a un bar lindo a tomar una cerveza o un trago? ¿Apuntar a una comida temprano con amigos? Varias empresas de tecnología de la costa oeste de Estados Unidos instauraron en los últimos meses una fórmula menos tradicional: los “viernes de microdosis”. La costumbre viene a tono con la nueva revolución de los psicodélicos que está estallando en distintos puntos del planeta y que amenaza con poner patas arriba el mercado multimillonario de medicamentos y tratamientos para la salud mental.

Lo de “nuevo” es relativo, porque los poderes de expansión de la mente y mejora del bienestar a partir de hongos se conocen –según algunos historiadores del tema– desde hace decenas de miles de años. En su libro Supernatural, Graham Hancock relaciona el momento bisagra para el cerebro humano (hace 50.000 años creció mucho de tamaño en poco tiempo y surgieron el lenguaje, las religiones y el arte simbólico, entre otros) con el consumo de hongos, a partir de pinturas rupestres de esa época en la península ibérica. El exitoso documental de Netflix Hongos mágicos también hace referencia a estos saberes ancestrales.

“Desde hace unos dos años vemos un boom de negocios y de empresas que, a la espera de la aprobación de tratamientos con psicodélicos, que avanza a pasos agigantados y que va a permitir que estas iniciativas se moneticen, están en una carrera frenética por acumular patentes, a veces con ribetes insólitos”, cuenta a LA NACION el físico Enzo Tagliazucchi, profesor de la UBA y de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Tagliazucchi reside actualmente en Berlín y publicó el libro El nudo de la conciencia (El Gato y La Caja). Junto con la neuróloga Lorena Llobenes y la física Carla Pallavicini están haciendo experimentos de vanguardia mundial acerca de lo que Tagliazucchi describe como la “ingeniería de la experiencia psicodélica”, en el cruce con la meditación y el uso de psilocibina, una droga de origen natural. “Como se trata en muchos casos de compuestos milenarios presentes en la naturaleza, que no se pueden patentar, la pelea por la propiedad intelectual pasa en buena medida por lo que se conoce como el setting: la música que se usa, la ambientación y la síntesis con otros agregados (hay startups que apuntan a comercializar productos con cacao o en spray nasal)”, agrega Llobenes.

Aunque muchas propiedades de estos compuestos vienen del mundo natural y se conocen desde hace miles de años, la revolución psicodélica moderna tuvo su segundo big bang en Suiza, en abril de 1943, cuando el científico Albert Hofmann decidió, por un “extraño presentimiento”, volver a una molécula que había sintetizado en 1938 y que había sido descartada por aparente inutilidad cuando trabajaba para el laboratorio Sandoz. Hofmann se tomó 0,25 miligramos de esa sustancia (LSD-25) y tuvo el primer “viaje” conocido en el mundo occidental moderno.

“Durante dos décadas hubo investigaciones con resultados exitosos con el uso de psicodélicos para salud mental y adicciones, pero en los 60 todo este avance científico se canceló porque se lo identificó con la contracultura hippie y se terminó prohibiendo en Estados Unidos y en el resto del mundo”, cuenta Andrés López, profesor de la UBA y experto en la economía de los psicodélicos.

Buena parte de esta demonización se debió a los excesos de Timothy Leary, un académico de Harvard que levantó el perfil del tema y ambicionaba cambiar la sociedad por esta avenida. El cálculo de Leary era que el “punto de aceleración” (tipping pointde esta revolución se iba a dar cuando cuatro millones de norteamericanos probaran este camino, según cuenta Michael Pollan en su libro de divulgación Cómo cambiar la mente. Pollan es un autor superexitoso de no ficción que tuvo su primera experiencia psicodélica a los 60 años.

Un capítulo aparte de esta historia es la relación entre las drogas de “manifestación de la mente” (este concepto está en la etimología de la palabra “psicodélico”) y el mundo de la innovación. La movida entró en las empresas de tecnología de la costa oeste de EE.UU. mucho antes de que la zona se bautizara Silicon Valley, en 1971. Buena parte del romance actual del mundo emprendedor y de startups con el fenómeno tiene que ver con este vínculo que lleva más de 50 años y que continuó en ámbitos subterráneos aun después de la prohibición.

“Son famosas las sesiones de ideación de Steve Jobs, el fundador de Apple, con psicodélicos”, aporta ahora Demián Bellumio, quien lidera, junto a su socio Juan Pablo Cappello, NUE Life, una empresa basada en Miami que combina inteligencia artificial con medicina personalizada y psicodélicos.

La firma recibió una ronda de inversión de US$5 millones y ya lleva realizados unos 1500 tratamientos. “Con entre cuatro y seis sesiones logramos pasar pacientes con una depresión severa a una manejable”, asegura Bellumio, que en el último año cobró notoriedad porque es uno de los protagonistas de la movida de Miami para captar proyectos que se mudaron desde el oeste. El fenómeno, que se conoce como Tech-xodus, incluye, entre otros, al legendario Peter Thiel, ex-PayPal, que compró meses atrás una mansión en Miami Beach por US$18 millones y que es uno de los más agresivos inversores en el (futuro) mercado de la psilocibina.

Bellumio cuenta a LA NACION que su socio le propuso inicialmente poner una clínica de ketamina, pero finalmente se inclinaron por una aplicación y un esquema más escalables.

En esta nueva agenda de bienestar hay cruces de todo tipo. Desde emprendimientos que trabajan la experiencia con realidad virtual hasta –lo último y de lo que todos hablan por estos días en el ambiente– una propuesta de Aelix Therapeutics, que se aseguró dos semanas atrás US$70 millones para desarrollar un análogo de la psilocibina “sin los efectos alucinógenos”. Tagliazucchi es escéptico con esta vía: “Creo que los cambios que se experimentan en la conciencia son una parte fundamental de los resultados positivos que se obtienen en salud mental a largo plazo”.

Lo cierto es que se trata de un mercado multimillonario, explica López: “Pensemos que, en cuadros de salud mental, como la depresión, una persona puede tomar un remedio durante décadas y queda cautiva de un laboratorio. Aquí estamos hablando de mejoras con pocas experiencias”. Según el World Economic Forum, el gasto global en salud mental se acercará a los US$15 billones (millones de millones) en 2030 y será la principal causa de incapacidad laboral. El tercer viaje de los psicodélicos viene con combustible económico de sobra.

Sebastián Campanario 

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